Hablar de autismo hoy exige un desplazamiento: no se trata de integrar al sujeto en una norma preestablecida, sino de pensar una inclusión que tenga en cuenta su singularidad. Tal como se plantea en la Guía IREAMS, incluir no es adaptar al niño o al adulto autista a la sociedad tal como está, sino consentir a que esa sociedad se modifique para hacerle lugar.
Desde una orientación psicoanalítica, el autismo no se entiende como un déficit, sino como una respuesta subjetiva frente a un mundo vivido como excesivo e invasivo. Jean-Claude Maleval señala que el sujeto autista inventa soluciones singulares para tratar la voz, la mirada y el lenguaje, soluciones que merecen ser respetadas y acompañadas, no suprimidas.
Las familias suelen llegar a consulta angustiadas por aquello que “no aparece”: la mirada, la respuesta, el abrazo. Sin embargo, el trabajo clínico consiste en rescatar esos pequeños signos que sí están, aunque no adopten la forma esperada. Como subraya Martin Egge, el tratamiento del niño autista parte siempre de apuntar al sujeto, no al comportamiento.
En este sentido, la inclusión razonada implica un trabajo caso por caso, en red con la familia y las instituciones, sosteniendo los intereses específicos como verdaderos puntos de anclaje al lazo social. Tal como recuerdan Ivan Ruiz y Neus Carbonell, no todo sobre el autismo gira en torno al diagnóstico: hay una persona, una historia y una invención propia.
Como psicóloga especialista en autismo en Zaragoza, mi orientación clínica se apoya en esta ética: acompañar sin forzar, escuchar sin normalizar y abrir vías posibles para que cada sujeto pueda estar como es.
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