Una mirada desde la psicología feminista en Zaragoza
El 8 de marzo no es solo una fecha conmemorativa.
Es un punto de tensión.
Un lugar donde lo íntimo y lo político se cruzan.
En consulta, cada vez con más frecuencia, aparecen malestares que no pueden reducirse a la biografía individual. Aparecen preguntas sobre el futuro, sobre la precariedad, sobre el miedo, sobre la sensación de que algo en el orden social no funciona.
Desde una perspectiva feminista no esencialista, esto no sorprende.
El sujeto no nace aislado
Una de las ideas más potentes del pensamiento contemporáneo —también en diálogo con el psicoanálisis— es que el sujeto no existe fuera del entramado simbólico en el que se constituye. No somos individuos cerrados que luego “se relacionan” con la sociedad. Nos construimos dentro de ella.
Esto tiene una consecuencia clínica importante:
Cuando el contexto es violento, excluyente o desigual, el malestar psíquico aumenta.
La dificultad para acceder a la vivienda, la precariedad laboral, el auge de discursos machistas o racistas, la normalización de abusos de poder —como muestra el caso de Jeffrey Epstein—, los genocidios impunes, no son solo noticias. Son condiciones que modelan subjetividades.
La angustia, en este marco, no es síntoma de fragilidad, es una respuesta lúcida.
Feminismo sin esencia: desmontar el destino
Durante siglos se ha vinculado a las mujeres con una supuesta naturaleza: maternidad, cuidado, pasividad, sensibilidad. Sin embargo, el feminismo contemporáneo ha cuestionado profundamente esa lógica.
No hay una esencia femenina previa a la cultura.
No hay una identidad cerrada llamada “la mujer”.
No hay un destino biológico que determine el lugar en el mundo.
Este cuestionamiento es fundamental en terapia.
Muchas veces el sufrimiento no proviene de “quién soy”, sino de la distancia entre lo que soy y lo que se espera que sea.
La clínica con perspectiva feminista implica interrogar esos mandatos:
- ¿Quién dijo que la maternidad es obligatoria?
- ¿Quién definió qué es ser una “buena mujer”?
- ¿Quién establece cuánto éxito es demasiado o cuánta ambición es excesiva?
Desarmar el esencialismo es abrir espacio a la singularidad.
Síntoma y resistencia
El pensamiento psicoanalítico aporta otra idea relevante: el síntoma no es solo algo que debe eliminarse. A veces es una forma de decir “no” cuando no hay palabras disponibles.
Cuando una mujer presenta ansiedad, bloqueo o agotamiento extremo en contextos de sobreexigencia estructural, no siempre estamos ante un fallo individual. Puede haber una dimensión de protesta silenciosa frente a un orden que exige productividad ilimitada y cuidado incondicional al mismo tiempo.
En este sentido, el 8M también puede leerse como la dimensión colectiva del síntoma: lo que durante años fue vivido en silencio, se convierte en discurso público.
Emancipación sin homogeneidad
Uno de los grandes desafíos del feminismo actual es pensar la emancipación sin caer en nuevas normas rígidas.
Si antes existía un modelo único de mujer tradicional, hoy puede aparecer otro modelo único de mujer fortalecida. Ambos pueden convertirse en exigencias.
La lógica no esencialista invita a otra cosa: a no totalizar, a no homogeneizar, a no convertir la identidad en imperativo
Desde la psicología feminista en Zaragoza, esto se traduce en acompañar procesos donde la autonomía no significa soledad ni autosuficiencia extrema, sino posibilidad de elección.
El cuidado como eje civilizatorio
Cómo escribíamos en un post anterior, existe una idea antropológica poderosa: el primer signo de civilización fue un fémur roto que había sido curado. Alguien se detuvo, sostuvo y cuidó.
El feminismo puede leerse como la recuperación política del cuidado. No como sacrificio impuesto a las mujeres, sino como principio organizador de una sociedad más habitable.
Cuando el entorno deja de cuidar, aumenta el trauma.
Cuando el entorno sostiene, disminuye la violencia psíquica.
La salud mental no es solo gestión emocional individual. Es también calidad de los vínculos y justicia estructural.
8 de marzo: clínica y compromiso
El 8M nos recuerda que la salud mental no puede desvincularse del contexto social.
Sentir angustia ante la desigualdad no es debilidad.
Cuestionar los mandatos no es rebeldía inmadura.
Pedir ayuda no es fracasar.
Como psicóloga feminista en Zaragoza, trabajo desde una mirada que integra subjetividad, historia personal y estructura social. Una terapia que no patologiza la conciencia crítica, sino que la acompaña.
El feminismo no es únicamente una reivindicación jurídica. Es una ética relacional. Una apuesta por vínculos menos jerárquicos y más humanos.
Y eso, en términos clínicos, también es prevención del sufrimiento.
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