Uno de los ejes centrales para comprender el autismo es la relación al cuerpo. Tal como expone la Guía IREAMS, en muchas personas autistas el cuerpo no aparece como una unidad evidente, sino como una experiencia fragmentada, difícil de habitar.
Desde el psicoanálisis, el cuerpo se construye a partir de la relación con el Otro: la mirada, la voz y la palabra que envuelven los cuidados iniciales. Cuando esta relación se vive como invasiva, el sujeto autista puede verse llevado a erigir defensas masivas, dando lugar a fenómenos corporales que desconciertan a las familias: hipersensibilidad, rechazo al contacto, angustia ante el cambio de ropa o dificultades motrices.
No se trata de “enseñar” el cuerpo, sino de acompañarlo, poniendo palabras allí donde el sujeto aún no puede hacerlo. Como señala Elisabet Escayola en La palabra quieta, la intervención no busca forzar una respuesta, sino ofrecer un marco que permita cierta pacificación del cuerpo.
En la clínica es frecuente observar cómo ciertos objetos, recorridos o rituales funcionan como verdaderos bordes corporales, ayudando al sujeto a sostenerse. Lejos de retirarlos, el trabajo consiste en incluirse en esas invenciones, respetando su función.
Comprender esta relación singular al cuerpo permite a las familias leer de otro modo comportamientos que, desde fuera, podrían interpretarse erróneamente. No hay provocación ni oposición, sino un intento de protegerse del exceso.
Como psicóloga especialista en autismo en Zaragoza, acompaño a niños, adultos y familias desde esta lectura clínica, sosteniendo el cuerpo como un eje central del tratamiento.
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