El fenómeno INCEL no puede reducirse a una simple patología individual ni a una anomalía producida por internet. Su emergencia señala algo más profundo acerca del malestar contemporáneo y de las nuevas formas de subjetividad producidas por el neoliberalismo.
La figura del involuntary celibate aparece allí donde el capitalismo tardío ha transformado el reconocimiento afectivo y sexual en una lógica de mercado. Ya no se trata solamente de desear; se trata de ser validado, visible y deseable dentro de un régimen de competencia permanente.
Desde una perspectiva lacaniana, el INCEL encarna una dificultad radical para asumir la falta como condición constitutiva de la experiencia humana. Jacques Lacan insistía en que el deseo nunca puede ser completamente satisfecho porque el sujeto está estructurado alrededor de una pérdida imposible de colmar.
Sin embargo, el discurso contemporáneo promete exactamente lo contrario: felicidad plena, éxito ilimitado y acceso irrestricto al goce.
La frustración surge cuando el sujeto descubre que no puede acceder a aquello que la cultura le prometía.
Por eso el núcleo del fenómeno INCEL no es simplemente la ausencia de relaciones sexoafectivas. Lo decisivo es la experiencia subjetiva de exclusión del reparto social del goce. El rechazo amoroso se vive como humillación ontológica.
En La agresividad en psicoanálisis, Lacan señala que la agresividad pertenece a la estructura narcisista del sujeto. El semejante aparece simultáneamente como modelo y amenaza. El otro posee aquello de lo que el sujeto siente estar privado.
Las redes sociales intensifican este mecanismo especular. Tinder, Instagram o TikTok producen un escaparate permanente de reconocimiento donde la identidad parece medirse en términos de capital erótico, éxito corporal y validación pública.
El sujeto INCEL queda capturado por una lógica comparativa incesante: observa a otros hombres como portadores del goce del que se siente expulsado.
Pero el fenómeno adquiere una dimensión política cuando ese malestar encuentra una narrativa ideológica capaz de organizarlo.
Aquí las tesis de Jorge Alemán, psicoanalista y ensayista argentino, resultan fundamentales. Tanto en Ultraderechas como en Neoemperadores, Alemán describe cómo las nuevas derechas ya no interpelan únicamente a sujetos ideológicos clásicos, sino a individuos heridos narcisísticamente, precarizados emocionalmente y atravesados por sentimientos de insignificancia.
Las comunidades INCEL funcionan precisamente como espacios donde el sufrimiento privado se convierte en identidad colectiva.
El problema ya no aparece ligado a contradicciones estructurales del capitalismo, a la precarización afectiva o a la destrucción de los lazos sociales. El malestar queda desplazado hacia figuras concretas que operan como objetos de odio: las mujeres, el feminismo o las minorías sexuales.
René Girard permite pensar este mecanismo a través de la lógica sacrificial. Toda comunidad necesita producir figuras sobre las cuales descargar la tensión colectiva. El enemigo ofrece cohesión.
En este sentido, la misoginia funciona menos como causa originaria que como dispositivo de estabilización subjetiva.
El odio organiza aquello que el sujeto no logra simbolizar.
Freud ya advertía en El malestar en la cultura que la vida social no se sostiene únicamente sobre la cooperación, sino también sobre una agresividad constitutiva que jamás desaparece del todo. La pregunta nunca fue cómo eliminarla, sino cómo tramitarla simbólicamente.
El problema contemporáneo es que el neoliberalismo destruye precisamente muchas de esas mediaciones simbólicas.
Donald Winnicott señalaba que la violencia emerge con especial intensidad allí donde fracasan las estructuras de sostén subjetivo. La precarización de los vínculos, la soledad y la destrucción de referencias comunitarias producen sujetos cada vez más desamarrados.
Las nuevas ultraderechas digitales han comprendido perfectamente este escenario. Ya no necesitan construir únicamente programas políticos; producen comunidades libidinales.
Administran frustraciones.
Transforman el resentimiento masculino en identidad política.
Y ofrecen una promesa compensatoria: restaurar un orden imaginario donde el sujeto vuelva a sentirse reconocido.
Por eso el fenómeno INCEL no puede pensarse únicamente desde categorías clínicas individuales. Expresa una mutación más amplia en las formas contemporáneas del malestar.
La cuestión no es solamente qué ocurre con ciertos hombres, sino qué tipo de subjetividad produce una cultura basada en la competencia permanente, la exhibición narcisista y la mercantilización del deseo.
Psicóloga psicoanalista con perspectiva de género en Zaragoza
Como psicóloga y psicoanalista con perspectiva de género en Zaragoza, considero fundamental abrir espacios de escucha capaces de pensar estas formas contemporáneas del sufrimiento sin caer ni en la patologización simplista ni en la moralización inmediata.
La clínica no puede desentenderse de las transformaciones culturales que atraviesan la subjetividad actual. Comprender fenómenos como el INCEL implica también interrogar los modos en que el neoliberalismo, las redes sociales y las nuevas formas de segregación producen aislamiento, resentimiento y fragilidad vincular.
La terapia puede convertirse en un lugar donde elaborar ese malestar sin transformarlo en violencia hacia uno mismo o hacia los otros.
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