Hablar de perspectiva de género en clínica psicológica no significa convertir la terapia en un espacio de consignas políticas ni reducir el sufrimiento a explicaciones sociológicas simplistas.
Implica, más bien, reconocer que ningún sujeto existe por fuera de las coordenadas históricas y culturales que organizan su experiencia.
Durante mucho tiempo, cierta psicología pensó el malestar exclusivamente en términos individuales. Como si ansiedad, culpa, angustia o depresión pudieran comprenderse completamente aisladas de las relaciones sociales, de los mandatos culturales o de las formas de violencia simbólica que atraviesan la vida cotidiana.
Sin embargo, autoras feministas y pensadores críticos han mostrado que el sufrimiento psíquico nunca aparece en un vacío.
Las mujeres, por ejemplo, han sido históricamente socializadas bajo exigencias contradictorias: cuidar, sostener, agradar, contener emocionalmente a otros y, simultáneamente, responder a ideales imposibles de autonomía, éxito y perfección corporal.
Muchas formas de agotamiento subjetivo femenino nacen precisamente de esa tensión.
Pero la perspectiva de género no permite pensar únicamente la experiencia de las mujeres. También vuelve posible interrogar críticamente ciertas configuraciones de la masculinidad contemporánea.
El ideal masculino tradicional se construyó frecuentemente alrededor de:
- la autosuficiencia,
- el control emocional,
- la productividad,
- la fortaleza,
- y la negación de la vulnerabilidad.
El problema es que esos modelos producen enormes dificultades para simbolizar el malestar.
Numerosos hombres llegan a consulta sin herramientas para nombrar lo que sienten. La angustia aparece desplazada hacia irritabilidad, inhibición afectiva o aislamiento.
Desde esta perspectiva, la clínica psicológica no puede limitarse únicamente a adaptar al sujeto a las exigencias sociales existentes.
A veces el sufrimiento surge precisamente porque esas exigencias resultan inhabitables.
Slavoj Žižek advertía que la violencia contemporánea no siempre adopta formas visibles. Existe también una violencia sistémica, silenciosa, inscrita en las propias condiciones sociales que organizan la vida cotidiana.
La precariedad emocional contemporánea debe pensarse también desde ahí.
Una clínica con perspectiva de género no busca victimizar al sujeto ni ofrecer explicaciones totalizantes. Tampoco pretende borrar la singularidad.
Por el contrario, intenta abrir preguntas allí donde ciertos mandatos aparecen naturalizados.
¿Qué ideales sostienen el sufrimiento?
¿Qué exigencias organizan el deseo?
¿Qué formas de reconocimiento estructuran la autoestima?
¿Qué lugar ocupa el cuerpo dentro de esas lógicas?
¿Qué violencias han sido normalizadas?
La escucha clínica implica también interrogar los discursos que producen subjetividad.
Quizá uno de los problemas más característicos de nuestra época sea precisamente la privatización extrema del sufrimiento. El sujeto se siente individualmente culpable de malestares que muchas veces expresan contradicciones estructurales más amplias.
Por eso la terapia no consiste únicamente en aliviar síntomas.
También puede convertirse en un espacio donde producir nuevas formas de lectura sobre aquello que nos ocurre.
Y, a veces, empezar a construir una relación menos violenta con uno mismo y con los otros.
Psicóloga psicoanalista con perspectiva de género
Como psicóloga feminista y psicoanalista con perspectiva de género en Zaragoza, entiendo la clínica como un espacio de escucha donde el sufrimiento pueda pensarse en toda su complejidad, sin reducirlo únicamente a diagnósticos o explicaciones individuales.
La terapia no busca adaptar mecánicamente al sujeto a las exigencias contemporáneas, sino ofrecer un lugar donde interrogar los mandatos, vínculos y formas de malestar que atraviesan la experiencia singular de cada persona.
Incorporar una perspectiva de género en el trabajo clínico implica también reconocer cómo las desigualdades, los ideales culturales y las violencias simbólicas participan en la construcción de la subjetividad.
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