Autismo en femenino: el coste de pasar una vida intentando encajar

Publicado el 6 de noviembre de 2026, 12:07

Diagnóstico tardío, mandatos de género y acompañamiento psicológico desde la singularidad

Durante mucho tiempo, el autismo ha sido pensado, estudiado y diagnosticado a partir de modelos predominantemente masculinos. Como consecuencia, muchas niñas y mujeres autistas han crecido sin que nadie pudiera reconocer su particular manera de estar en el mundo.

Algunas llegan a la consulta psicológica en la edad adulta después de un largo recorrido por distintos profesionales, diagnósticos y tratamientos. Han recibido explicaciones diversas sobre lo que les sucede: ansiedad, depresión, dificultades de personalidad, problemas de adaptación social… En ocasiones, estos diagnósticos describen sufrimientos reales, pero no permiten comprender la particularidad autista que puede estar en su origen o coexistir con ellos.

El diagnóstico tardío del autismo en mujeres no es únicamente una cuestión clínica. También es una cuestión de género.

Ser mujer y ser autista: una doble exigencia de adaptación

A las mujeres se les sigue exigiendo, de manera explícita o implícita, una especial competencia para las relaciones sociales: ser empáticas, comprender las emociones ajenas, cuidar, anticiparse a las necesidades de los demás, comunicarse adecuadamente, mostrarse disponibles y gestionar los conflictos con asertividad.

Estos mandatos femeninos atraviesan la educación, las relaciones familiares, la pareja, la amistad y el mundo laboral.

Para una mujer autista, cuyo modo de comprender y participar en los intercambios sociales puede ser diferente, estas exigencias pueden representar un esfuerzo extraordinario.

Muchas aprenden desde pequeñas a observar, imitar y reproducir comportamientos sociales que no siempre comprenden de manera intuitiva. Construyen estrategias para responder a lo que se espera de ellas, incluso cuando hacerlo supone un gran desgaste.

Es lo que la investigación denomina camuflaje social o masking.

El problema es que, cuanto mejor consiguen aparentar que se ajustan a las expectativas, más difícil resulta que su particularidad sea reconocida.

Y así aparece una paradoja dolorosa: el esfuerzo por adaptarse termina convirtiéndose en una de las razones por las que sus dificultades pasan inadvertidas.

Diagnósticos tardíos y tratamientos que no terminan de dar respuesta

En la práctica clínica encontramos mujeres que han pasado años intentando entender por qué determinadas situaciones cotidianas les resultan tan agotadoras.

Las relaciones sociales, los cambios imprevistos, las exigencias laborales, los estímulos sensoriales o la necesidad de responder permanentemente a las demandas de otras personas pueden generar un importante sufrimiento.

Sin una lectura que tenga en cuenta el autismo, este malestar puede interpretarse exclusivamente como ansiedad, depresión o dificultades emocionales.

En algunos casos, esto conduce a tratamientos psicológicos poco ajustados y a prescripciones farmacológicas que no abordan suficientemente las circunstancias que producen el sufrimiento. Esto no significa que los problemas de salud mental no puedan coexistir con el autismo, ni que la medicación sea siempre inadecuada. Significa que resulta imprescindible realizar una evaluación clínica rigurosa y comprender qué le sucede a cada persona antes de decidir cómo intervenir.

Reconocer el autismo no consiste en sustituir automáticamente un diagnóstico por otro, sino en ampliar la comprensión de una trayectoria vital.

También permite revisar por qué determinadas intervenciones, orientadas a mejorar habilidades sociales o a incrementar la adaptación, no han resultado útiles o incluso han contribuido al agotamiento.

El diagnóstico como oportunidad para comprenderse

Recibir un diagnóstico de autismo en la edad adulta puede producir sentimientos muy diferentes: alivio, desconcierto, tristeza, enfado o la necesidad de revisar la propia historia.

Muchas mujeres comienzan a reinterpretar experiencias que hasta ese momento habían vivido como fracasos personales.

¿Por qué me cuesta tanto algo que para otras personas parece sencillo? ¿Por qué necesito retirarme después de un encuentro social? ¿Por qué determinados ambientes me resultan insoportables? ¿Por qué he dedicado tanto esfuerzo a intentar ser como se esperaba que fuera?

El acompañamiento psicológico puede facilitar este proceso de toma de conciencia.

No se trata de construir una nueva identidad cerrada alrededor del diagnóstico, ni de explicar toda la vida a partir del autismo. Se trata de que cada mujer pueda reconocer su modo particular de funcionamiento, identificar sus necesidades y encontrar formas de relación menos costosas.

El objetivo no es aprender a parecer menos autista, sino poder vivir sin tener que renunciar continuamente a la propia singularidad.

Los intereses específicos: de la diferencia al encuentro social

Una de las cuestiones fundamentales en el acompañamiento psicológico del autismo es reconocer el valor de los intereses específicos.

Durante mucho tiempo, estos intereses han sido considerados conductas restrictivas, extrañas o poco funcionales que debían limitarse.

Sin embargo, pueden constituir auténticas parcelas de saber, espacios de competencia y fuentes de satisfacción desde las que construir una relación posible con los demás.

El psicoanalista Jean-Claude Maleval, especialmente en El autista y su voz y ¡Escuchen a los autistas!, propone una orientación clínica que concede un lugar central a las invenciones de las personas autistas y a sus intereses particulares, en lugar de intentar eliminarlos para imponer un funcionamiento considerado normal.

Esta perspectiva resulta especialmente valiosa en el acompañamiento de mujeres autistas adultas.

En ocasiones, sus intereses han quedado relegados por la obligación de atender a otras personas, cumplir expectativas familiares o adaptarse a trabajos y relaciones que les exigen un esfuerzo permanente.

Recuperar esas parcelas de saber, esos islotes de competencia, puede abrir nuevas posibilidades.

Un interés por la escritura, los animales, la programación, las lenguas, el arte, la investigación o cualquier otro ámbito puede convertirse, cuando la persona así lo desea, en un punto de encuentro social y también en una orientación para su desarrollo profesional.

No se trata de transformar necesariamente cada interés en un empleo. Se trata de reconocer que aquello que una mujer conoce, disfruta y ha construido de manera singular puede tener un valor decisivo para organizar su vida.

Acompañar sin imponer una manera correcta de ser mujer

La perspectiva de género nos obliga a revisar también qué entendemos por autonomía, bienestar y adaptación.

¿Es necesario que una mujer tenga una amplia red de amistades para sentirse acompañada? ¿Debe disfrutar de las reuniones familiares? ¿Tiene que desarrollar determinadas habilidades de comunicación para ser considerada competente? ¿Debe asumir el cuidado emocional de otras personas?

Muchas de estas exigencias no responden a necesidades individuales, sino a ideales sociales sobre cómo debería comportarse una mujer.

Cuando estas expectativas se trasladan sin cuestionamiento al acompañamiento psicológico de mujeres autistas, corremos el riesgo de convertir la intervención en una nueva exigencia de normalización.

Por eso, resulta fundamental escuchar qué desea cada una, qué le produce sufrimiento, qué relaciones quiere sostener y cuáles necesita limitar.

También acompañar la posibilidad de establecer límites, rechazar determinadas demandas, construir relaciones recíprocas y encontrar espacios donde no sea necesario representar constantemente un papel.

La inclusión no debería exigir a las mujeres autistas un esfuerzo permanente por ajustarse a los demás. También requiere transformar los entornos y las expectativas sociales.

Psicología especializada en autismo y perspectiva de género en Zaragoza

Desde mi trabajo como psicóloga en Zaragoza, especializada en autismo y con perspectiva de género, considero fundamental ofrecer un espacio donde las mujeres puedan explorar su propia experiencia sin que sus particularidades sean interpretadas exclusivamente desde el déficit.

Un acompañamiento que permita comprender el sufrimiento, revisar las experiencias de adaptación, reconocer los efectos de las desigualdades de género y favorecer la construcción de respuestas singulares.

No existe una única manera de ser mujer. Tampoco una única manera de ser autista.

El trabajo psicológico no debería dirigirse a borrar esas diferencias, sino a acompañar a cada persona para que pueda construir una forma de habitar el espacio social, establecer vínculos y desarrollar un proyecto vital acorde con sus intereses, sus posibilidades y sus deseos.

Porque vivir mejor no siempre significa adaptarse más. A veces significa poder dejar de hacerlo tanto.

 

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Psicoterapia para niñas, adolescentes y mujeres autistas

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