Hablar de mujeres autistas implica introducir al menos dos cuestiones que no deberían pensarse por separado.
Por un lado, la singularidad propia del autismo: una manera particular de relacionarse con el lenguaje, el cuerpo, los vínculos, el entorno y la regulación de la experiencia.
Por otro, las exigencias y desventajas que siguen atravesando socialmente a las mujeres: mayor presión para agradar, adaptarse, cuidar, sostener vínculos y responder a determinadas expectativas sobre cómo debe ser una mujer.
Cuando ambas dimensiones se cruzan, el malestar puede intensificarse.
La exigencia de adaptarse
Muchas mujeres autistas han pasado gran parte de su vida intentando ajustarse a códigos sociales que no siempre resultan evidentes ni espontáneos.
Con frecuencia han aprendido a observar, copiar, compensar o sostener formas de relación que desde fuera pueden parecer naturales, pero que internamente requieren un gran esfuerzo.
A esta exigencia se suma otra: la que recae específicamente sobre las mujeres.
Ser amable.
Ser accesible.
Ser empática.
No resultar extraña.
No ser “demasiado intensa”.
No molestar.
No salirse demasiado de la norma.
La dificultad no reside solo en la particularidad autista, sino también en que el ideal de feminidad dominante castiga con especial dureza aquello que se aparta de lo esperado.
Una doble presión
Desde una perspectiva feminista, no podemos pensar el malestar de las mujeres autistas exclusivamente como una cuestión individual o diagnóstica.
Muchas veces existe una doble presión:
- la de habitar un mundo diseñado para formas normativas de relación y comunicación
- y la de hacerlo además bajo mandatos de género que exigen disponibilidad, adecuación y capacidad de sostener emocionalmente a los demás
Esto puede traducirse en cansancio extremo, ansiedad, culpa, sensación de diferencia, dificultad para poner límites o una vivencia continuada de no estar nunca “haciéndolo bien”.
No pocas veces aparecen trayectorias marcadas por el esfuerzo de encajar, por la incomprensión o por años de sentirse fuera de lugar sin disponer de un marco que permitiera nombrar lo que ocurría.
El riesgo de quedar invisibilizadas
Durante mucho tiempo, el autismo se ha pensado desde modelos masculinizados que no siempre permitían reconocer la experiencia de muchas niñas y mujeres.
Pero más allá del debate diagnóstico, hay una cuestión clínica importante: el sufrimiento puede quedar invisibilizado cuando la adaptación externa tapa el coste subjetivo que esa adaptación produce.
Que una mujer autista haya logrado estudiar, trabajar, tener vínculos o sostener determinadas rutinas no significa necesariamente que lo haga sin un enorme gasto psíquico.
A veces, detrás de una apariencia de funcionamiento adecuado, hay ansiedad, agotamiento, hipervigilancia o una sensación persistente de no poder descansar nunca del esfuerzo de ajustarse.
Escuchar la singularidad sin borrar la desigualdad
Desde mi orientación clínica, no se trata de reducir a una mujer autista ni a su diagnóstico ni a su condición de mujer.
Se trata de poder escuchar cómo ambas dimensiones se entrecruzan en cada caso de manera singular.
No todas las mujeres autistas viven lo mismo.
No todas las dificultades provienen del mismo lugar.
No todas las soluciones que han construido cumplen la misma función.
Pero sí resulta importante no perder de vista que a la particularidad subjetiva del autismo se añade, con frecuencia, una posición social atravesada por desigualdades y expectativas de género.
Escuchar ese cruce permite comprender mejor ciertos malestares y acompañarlos sin forzar adaptaciones normativas que muchas veces solo aumentan el sufrimiento.
Un espacio para comprender el malestar
La psicoterapia puede ofrecer un lugar donde leer de otro modo aquello que una mujer autista ha tenido que sostener durante años: la exigencia de adaptación, la dificultad para poner límites, el sentimiento de extrañeza, la ansiedad o el cansancio que produce responder constantemente a lo que se espera de ella.
No se trata de normalizar.
Tampoco de explicar todo por el diagnóstico o por el género.
Se trata de escuchar la experiencia singular de cada persona y construir, a partir de ahí, una manera más habitable de estar en el mundo.
Si quieres profundizar en estas cuestiones, puedes conocer aquí mi trabajo de Psicoterapia especializada en ansiedad y de Psicoterapia especializada en Autismo
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