Ser hombre feminista también es una cuestión de salud mental

Publicado el 21 de octubre de 2026, 9:59

Masculinidad, poder y vulnerabilidad: lo que los hombres también pueden ganar con el feminismo.

Cada vez que las mujeres reivindican derechos, espacios de participación o medidas destinadas a corregir desigualdades históricas, aparecen algunas voces masculinas que, desde la indignación, preguntan: «¿Y cuándo es el día del hombre?».

La pregunta, aparentemente inocente, revela algo más profundo. Quienes la formulan pocas veces se detienen a pensar desde qué lugar hablan. No siempre reconocen los privilegios que históricamente han acompañado a la condición masculina, ni hasta qué punto la organización social ha situado a los hombres en una posición preferente para decidir, ocupar espacios, ejercer autoridad y definir las reglas del juego.

Desde esa posición, cualquier avance hacia la igualdad puede vivirse como una pérdida. Como si reconocer derechos a las mujeres significara necesariamente arrebatárselos a los hombres.

La paradoja es que quienes reclaman un día para los hombres parecen olvidar que, durante siglos, prácticamente todos los días han sido suyos.

Pero quizá exista otra manera de pensar esta celebración. Una que no reivindique la masculinidad como privilegio, sino que reconozca a aquellos hombres que están dispuestos a cuestionarla.

Hombres que comprenden que el feminismo no es una amenaza, sino también una oportunidad para ellos.

El feminismo no es una guerra contra los hombres

Una de las resistencias más frecuentes al feminismo procede de entenderlo como una confrontación entre sexos. Desde esta lectura, las mujeres lucharían por conquistar el poder que actualmente ocupan los hombres, invirtiendo las posiciones de dominación.

Nada más lejos del horizonte emancipador que defienden muchas corrientes feministas.

El feminismo no pretende sustituir una estructura de dominación masculina por otra femenina. Lo que cuestiona es la legitimidad misma de las relaciones de poder que producen desigualdad, subordinación y violencia.

Y esa reflexión no se agota en las mujeres.

La crítica feminista permite interrogar también las formas de opresión que atraviesan a la infancia, las personas mayores, las personas migrantes y racializadas, las personas con discapacidad o el colectivo LGTBIQ+. No porque todas estas experiencias sean equivalentes, sino porque muchas comparten estructuras que distribuyen de manera desigual el reconocimiento, los derechos y las posibilidades de construir una vida digna.

La filósofa Judith Butler, especialmente en sus trabajos sobre precariedad y vulnerabilidad, nos invita a pensar que ninguna vida se sostiene por sí sola. Nuestra existencia depende de otras personas, de redes de cuidados y de unas condiciones sociales que hacen posible vivir.

Reconocer esa interdependencia supone cuestionar uno de los grandes ideales del individualismo contemporáneo: la fantasía de que podemos ser sujetos completamente autónomos, autosuficientes e independientes de los demás.

Y es precisamente ahí donde el feminismo tiene mucho que ofrecer a los hombres.

El machismo también produce sufrimiento psíquico

El machismo no es únicamente un conjunto de comportamientos discriminatorios hacia las mujeres. Es también una forma de organizar las relaciones, de interpretar el mundo y de construir la propia identidad.

La masculinidad tradicional ha estado profundamente atravesada por determinadas exigencias: ser fuerte, competir, dominar, controlar, tener éxito, no mostrar debilidad y no necesitar a nadie.

Desde esta lógica, el otro aparece fácilmente como un rival. Alguien frente a quien hay que afirmarse, defender una posición o demostrar superioridad.

El poder se confunde con la seguridad. La competitividad, con el valor personal. La autosuficiencia, con la fortaleza.

Pero ¿qué consecuencias tiene para la salud mental vivir bajo estos mandatos?

Cuando necesitamos demostrar permanentemente nuestra fortaleza, cualquier situación que nos confronte con nuestros límites puede convertirse en una amenaza.

Reconocer que no sabemos, que tenemos miedo, que necesitamos ayuda o que dependemos afectivamente de otras personas puede experimentarse entonces como un fracaso.

La vulnerabilidad, que es una condición inherente a la existencia humana, pasa a vivirse como algo vergonzoso que debe esconderse.

Y cuanto más necesitamos ocultar nuestra vulnerabilidad, más dependemos de sostener una imagen de fortaleza que nunca puede ser completa.

Esta posición puede alimentar la ansiedad, la soledad, las dificultades para expresar emociones, el miedo al fracaso y los conflictos en las relaciones personales.

No significa que todos los hombres vivan de esta manera, ni que el machismo explique cualquier malestar masculino. Significa que determinados ideales culturales de masculinidad pueden convertirse en una fuente importante de sufrimiento.

El miedo a perder poder es también el miedo a reconocer la propia falta

Desde el psicoanálisis podemos introducir otra cuestión fundamental.

Jacques Lacan sitúa la falta en el centro de la constitución del sujeto. No existe un sujeto completo, capaz de dominar enteramente su deseo, su identidad o sus relaciones con los demás.

Todos estamos atravesados por límites, contradicciones y dependencias que no podemos eliminar.

Desde esta perspectiva, podemos pensar que determinadas formas de masculinidad funcionan como un intento de negar esa falta estructural.

La necesidad de controlar, de ocupar una posición superior o de demostrar constantemente que se tiene poder puede operar como defensa frente a aquello que resulta difícil reconocer: nuestra fragilidad.

El problema es que ninguna acumulación de poder consigue resolver definitivamente esa inseguridad.

Siempre puede aparecer alguien que amenace nuestra posición. Alguien con mayor reconocimiento, mayores recursos o una forma diferente de vivir que cuestione nuestras certezas.

Así, el intento de evitar la vulnerabilidad puede terminar produciendo una vida organizada alrededor del miedo.

El feminismo ofrece la posibilidad de interrogar estos ideales y de construir otras formas de masculinidad menos dependientes de la dominación.

No se trata de que los hombres renuncien a su identidad, sino de que puedan preguntarse cuánto de aquello que consideran propio responde realmente a sus deseos y cuánto a las exigencias sociales que han aprendido a obedecer.

Una sociedad más igualitaria también favorece tu bienestar

Existe una idea profundamente arraigada en nuestra cultura: para que alguien gane, otra persona tiene que perder.

Desde esa lógica competitiva, los avances en los derechos de las mujeres pueden interpretarse como un retroceso para los hombres.

Pero los derechos no funcionan necesariamente como un recurso limitado que debemos disputarnos.

Que una mujer tenga mayor autonomía económica no empobrece la libertad de un hombre. Que las responsabilidades domésticas y de cuidados se distribuyan de manera más justa no supone una pérdida de dignidad masculina. Que las mujeres puedan participar en igualdad de condiciones en los espacios de decisión no convierte a los hombres en ciudadanos de segunda categoría.

Por el contrario, una sociedad que distribuye mejor las oportunidades, los cuidados y los derechos amplía las posibilidades de bienestar colectivo.

La salud mental tampoco puede comprenderse únicamente como una cuestión individual.

Vivir en una sociedad donde las relaciones están organizadas por la desconfianza, la competencia permanente y la desigualdad tiene consecuencias sobre nuestra manera de sentirnos seguros, establecer vínculos y afrontar las dificultades.

Cuando percibimos a los demás como una amenaza, resulta más difícil descansar, confiar o pedir ayuda.

Cuando entendemos que formamos parte de una comunidad y que nuestro bienestar está ligado al de otras personas, se abren otras posibilidades de relación.

El sufrimiento ajeno deja de ser un problema que no nos concierne.

Cuidar ya no significa exclusivamente sacrificarse por los demás. Significa también reconocer que nuestra propia vida necesita ser cuidada.

Ser hombre feminista: poder dejar de ser invulnerable

Quizá una de las mayores libertades que el feminismo puede ofrecer a los hombres sea precisamente la de no tener que demostrar permanentemente que son fuertes.

Poder decir que tienen miedo.

Poder expresar tristeza sin vivirla como una humillación.

Poder pedir ayuda sin sentir que han fracasado.

Poder cuidar y dejarse cuidar.

Poder construir vínculos donde no sea necesario dominar ni someterse.

Poder relacionarse con las mujeres desde el reconocimiento de su autonomía, sin experimentar esa autonomía como una amenaza.

Poder aceptar que no tienen que ocupar siempre el centro.

Desde otra perspectiva, el filósofo Paul B. Preciado ha cuestionado el carácter aparentemente natural de las identidades sexuales y de género, mostrando hasta qué punto nuestros cuerpos y nuestras formas de vivir están atravesados por normas sociales.

Esta reflexión nos permite recordar que la masculinidad no es un destino cerrado.

Existen otras maneras de ser hombre.

Y esas maneras pueden construirse desde la cooperación, la ternura, la responsabilidad y el reconocimiento de nuestra dependencia mutua.

Por supuesto, ser un hombre feminista no consiste únicamente en adoptar un discurso políticamente correcto, ni en declararse aliado de las mujeres.

Implica revisar los propios privilegios, asumir responsabilidades y transformar prácticas cotidianas. Escuchar sin ocupar siempre la palabra. Compartir los cuidados. Renunciar a determinadas ventajas. Reconocer las desigualdades incluso cuando nos benefician.

No se trata de recibir reconocimiento por hacer lo que corresponde, sino de asumir que la igualdad también nos compromete.

Feminismo, psicoterapia y salud mental: otra manera de relacionarnos

Como psicóloga sanitaria y psicoanalista con perspectiva de género en Zaragoza, considero fundamental que la psicoterapia pueda ofrecer un espacio donde interrogar los mandatos sociales que atraviesan nuestra subjetividad.

En ocasiones, el sufrimiento aparece vinculado a ideales que nunca hemos elegido conscientemente: tener que ser exitosos, fuertes, independientes, deseables o permanentemente capaces de controlar nuestras emociones.

Trabajar desde una perspectiva de género no significa imponer una manera de pensar ni convertir la consulta psicológica en un espacio de adoctrinamiento.

Significa reconocer que el malestar no surge al margen de la sociedad en la que vivimos y que nuestra forma de relacionarnos con el poder, los cuidados, el deseo y la vulnerabilidad participa en la construcción de nuestra salud mental.

Desde el psicoanálisis, la posibilidad de reconocer nuestra falta no constituye necesariamente una derrota. Puede ser, por el contrario, el comienzo de una relación menos exigente con nosotros mismos y menos defensiva con los demás.

No necesitamos ser sujetos completos para construir una vida valiosa.

Necesitamos poder reconocer nuestros límites, sostener vínculos y encontrar formas de convivencia donde la diferencia no se experimente como una amenaza.

Ser hombre feminista no significa perder poder para que otros lo tengan. Significa descubrir que quizá no necesitábamos tanto poder para poder vivir mejor.

Y que una sociedad más justa para las mujeres es también una sociedad donde los hombres pueden permitirse ser más libres, más vulnerables y, posiblemente, más felices.

 

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